7 de septiembre de 2026 · Vol. XXXIV · № 12.302 Obtener la cartaBuscarGuardados
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Fue el azúcar (no la carne) lo que nos hizo humanos

Primero la fruta y la miel, luego los cereales: estos alimentos, y no tanto la carne, fueron los que permitieron que el cerebro de los homínidos creciera tan rápidamente, convirtiéndonos así en humanos. Esto según un estudio científico que analiza la evolución a lo largo de 4 millones de años, refutando por completo cr…

Fue el azúcar (no la carne) lo que nos hizo humanos

La leyenda del hombre carnívoro

La narrativa dominante, incluso dentro de la comunidad científica, es que somos lo que somos gracias a la carne. Por supuesto, esta narrativa tiene varias vertientes: en un extremo, está la más machista y simplista del hombre como cazador, quien, gracias a la ingesta de grandes cantidades de carne, quizás cruda, da un salto evolutivo y se vuelve cada vez más fuerte e inteligente hasta dominar el mundo.

Por otro lado, la interpretación más realista y basada en datos plantea que el Homo sapiens surgió de los linajes de simios y homínidos gracias a las proteínas, obtenidas de diversas maneras: inicialmente, dado que nuestra conformación física no es precisamente la de un temible depredador, nos alimentábamos principalmente de insectos y carroña, es decir, de los restos de la caza realizada por otros animales. La idea de carroñeros ya suena menos épica, ¿verdad? Pero este mito también está destinado a ser desmentido.

Gran cerebro, gran cerebro

Una cosa es segura: una de las características distintivas de nuestra especie es el tamaño de nuestro cerebro y su naturaleza insaciable de energía. Si comparamos nuestro cerebro de 1,5 kilogramos con el de un australopiteco, cuyo peso alcanzaba los 300 gramos, la diferencia es asombrosa. Pero hay un hecho aún más sorprendente: a pesar de pesar solo el 2 % del peso corporal total (en un adulto), el cerebro consume el 20 % de nuestro metabolismo basal, es decir, toda la energía que necesitamos, y un impresionante 66 % en los niños. Todavía no comprendemos del todo cómo funciona esto, pero sí sabemos qué alimenta a este órgano tan costoso en energía: la glucosa.

Es precisamente a partir de esta consideración que los autores del estudio desarrollaron su método sumamente original. Hace algunos años, un estudio científico identificó los almidones como el principal impulsor del crecimiento cerebral en la evolución. Sin embargo, dicho estudio se basó en el descubrimiento de bacterias en los dientes de nuestros ancestros, lo que indicaba la presencia de azúcares. Este estudio, en cambio, empleó un enfoque más refinado y amplio, teniendo en cuenta la dieta de los simios y homínidos durante los últimos 4 millones de años.

Fruta y miel, pan y sopa

El estudio consideró diversas dietas, similares a las de nuestros ancestros en distintas etapas de la evolución: desde la de un chimpancé, que obtiene la mayor parte de su aporte calórico de las plantas, hasta la de un cazador-recolector contemporáneo, en el que la proporción entre alimentos de origen animal y vegetal tiende a ser igual. Se calculó entonces el aporte de glucosa necesario en las distintas especies, considerando su distribución entre los diversos órganos. Finalmente, se dedujo de qué alimentos —teniendo en cuenta el conocimiento histórico de las distintas épocas— se podía obtener dicho aporte. La conclusión es que los primeros homininos obtenían más del 65% de su energía de frutas y otros alimentos dulces, como la miel (¡no cultivada, por supuesto!). Más tarde, cuando empezamos a dominar el fuego y a desarrollar las primeras formas embrionarias de uso de la piedra, la cocción y la molienda comenzaron a hacer disponibles los azúcares presentes en los almidones. Y así pasamos a las sopas de cereales, las primeras harinas muy gruesas y los panes sin levadura muy duros.

Estas deducciones se ven confirmadas por una serie de indicios paralelos, como la forma de los dientes y las mandíbulas, el funcionamiento de los intestinos, las variaciones genéticas que afectan al metabolismo de la glucosa y, especialmente, los receptores del gusto dulce. Estos receptores, como todos sabemos, están tan desarrollados que nos han llevado, hoy en día, cuando los azúcares ya no se encuentran en las copas de los árboles ni en peligrosas colmenas, sino que son fácilmente accesibles en los estantes de los supermercados, a otros tipos de evolución.

Datos clave
  • Porcentajes: 2% · 20% · 66% · 65%
  • Gráficos: 2% · 20% · 66% · 65%

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