Raciones de supervivencia invernal: Galletas de chocolate y espresso
Sé que te sorprenderá, pero todavía tengo esas galletas navideñas y ahora mismo estoy comiendo hasta los codos. ¿De qué otra forma voy a sobrellevar mediados de enero, con todos sus mocos, propósitos de año nuevo que se desvanecen y abrigos feos pero baratos?

Querida mamá,
Sé que te sorprenderá, pero todavía tengo esas galletas navideñas y ahora mismo estoy comiendo hasta los codos. ¿De qué otra forma voy a sobrellevar mediados de enero, con todos sus mocos, propósitos de año nuevo que se desvanecen y abrigos feos pero baratos?
Entre los sospechosos habituales están mis favoritos, los Dusty Bliss. ¿Recuerdas aquella Navidad, hace unos años, cuando los presentaste como “Mochachinos”?
Todos sabemos que jamás diría algo así. ¿Qué es mi vida, un episodio de Friends de los 90? (Si acaso, probablemente me eligieron para el papel de Phoebe, pero lo rechacé). Pero te juro, mamá, que están hechos con amor: esos trocitos de galleta de mantequilla con espresso, cubiertos de chocolate negro intenso y rebozados en migas de nuez pecana, tienen una textura aterciopelada que pide a gritos un café o unos cuantos chorritos de leche helada.
Tú misma dijiste que el chocolate bañado es necesario "para poder tragarlas". Para mí es como una boina de chocolate antigua con nueces, o un elegante sombrero de dama británica: fantasioso, y hay algo extrañamente divertido en una galleta que puede hacerte atragantar. En fin, mamá, gracias por la receta.
Sabes que desde que era un bebé, tus galletas con chispas de chocolate siempre eran recibidas con un sonoro y entusiasta "¡yay!", y siempre me dejabas lamer la espátula de goma. Dusty Bliss es más bien una "galleta para adultos" para mí, porque ahora las preparo yo misma, por su amargor más maduro y por mi disciplina para no comérmelas todas al llegar a casa del aeropuerto.
Porque las galletas son especiales. Y me he dado cuenta, con los años, de que las galletas te ayudan a superar los momentos difíciles.
Parece que ha pasado una eternidad desde que estuve en casa, sentada junto a nuestro pequeño árbol que pusimos sobre una mesa cubierta con un mantel para que la Navidad fuera impresionante y grandiosa, charlando y callando durante horas, de lo más cómoda. Y ahora, al menos durante unos cuantos mordiscos más, todavía puedo sacar un trozo roto, cerrar los ojos y oír sonar el teléfono de casa.
Son los restos de 2015, el sabor rancio del hogar; ya no es lo que era, pero aún así puedo disfrutarlo.
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