Nostalgia por un hilo
Junto con la tortilla española, el bistec empanizado fue un plato básico en picnics y excursiones a la playa durante generaciones. Nada era tan sencillo ni tan delicioso como un humilde bistec de res rebozado en huevo, pan rallado, ajo y perejil.
Y no solo allí. Los lectores de mi generación recordarán aquellos interminables viajes de verano a la costa o a la montaña por carreteras que atravesaban todos los pueblos y ciudades de la ruta (en aquel entonces ni siquiera conocíamos las autopistas).
Viajes en coches pequeños donde se aprovechaba cada centímetro para meter todo el equipaje, tres o cuatro niños e incluso la ama de llaves. Trayectos interminables que requerían al menos una parada para repostar. Una pausa en el camino para comer en cualquier lugar sombreado al borde de la carretera. En ese momento, de algún rincón inesperado del vehículo, la madre sacaba una bolsa con esos filetes que devorábamos con gusto.
También eran un salvavidas para quienes volvíamos a casa después de una noche de fiesta. Los filetes fríos que guardaban en la cocina, cubiertos con un plato —en aquel entonces no existían los recipientes de plástico ni el papel de aluminio— nos calentaban y aliviaban los efectos del alcohol, ya fuera solos o, mejor aún, en un sándwich.
Ahora que la gente apenas cocina en casa, las familias numerosas son casi cosa del pasado y los viajes se realizan por autopistas sin apenas parar a repostar, esas chuletas empanadas están desapareciendo.
Los restaurantes también se han reducido a unos pocos establecimientos entrañables y casi siempre han sido reemplazados por las inevitables hamburguesas (ya que nos sentimos nostálgicos, antes teníamos "filetes rusos", otra especie en peligro de extinción).
O bien, sustituidas por versiones más pretenciosas, como ese plato llamado cachopo, que algunos están empeñados en convertir en el buque insignia de la cocina asturiana y que, como dice un colega y buen amigo, es más que un producto gastronómico, es el símbolo de un modelo de turismo de bajo coste.
Probablemente ya sea demasiado tarde, pero permítanme elogiar esas chuletas empanizadas que tanto placer nos dieron a quienes ya no somos tan jóvenes. Frías y en un sándwich. Auténtica comida de recuerdos.




